
Hay pisos que se reforman contra la finca y pisos que se reforman con ella. Este es de los segundos. Conservó lo que valía la pena conservar, las contraventanas de madera de los balcones, la altura de los techos, la escala generosa de las estancias, y puso encima una capa nueva: suelo de roble en espiga, paredes en un crema muy pálido y una lámpara de latón con brazos, como una rama, sobre la mesa del comedor.
El salón es una sola pieza larga con dos balcones a Santa Engracia. Un sofá de tres plazas en lino crudo, cojines en mostaza y verde salvia, una mesa de centro de cristal sobre nogal y una alfombra de lana con dibujo bereber. Y en la pared del fondo, un cuadro grande en rosas y corales que da a la habitación su temperatura.

El dormitorio está pensado como una suite de hotel, pero con la calma de una casa. Cabecero tapizado en capitoné, papel pintado de hojas en tono piedra y dos lámparas de suspensión en latón dorado a ambos lados de la cama. Frente a ella, un vestidor abierto de madera oscura, con barras, cajones y baldas iluminadas: un lujo poco habitual en un piso de una habitación, y probablemente lo que lo hace tan cómodo para una estancia larga.


La cocina es un frente continuo de roble claro con encimera blanca, horno y placa integrados y el mismo suelo en espiga que el resto de la casa; en la pared, un cuadro abstracto en los mismos rosas del salón, para que la cocina no sea una habitación aparte. El baño, en mármol blanco de suelo a techo, tiene ducha de obra con mampara y un espejo retroiluminado que hace de única fuente de luz por la noche.

