Se entra por un pasillo corto, con una línea de luz cálida en el encuentro entre pared y techo, y al fondo se ve ya la claridad del salón. Lo primero que aparece es la cocina: columna de roble con horno y microondas, encimera clara, dos baldas de madera sobre el frente de piedra gris y una península con la placa de inducción que mira al comedor.
Frente a la península, una mesa redonda de travertino con sillas de nogal y rejilla. A su lado, un nicho abierto en el muro con un banco tapizado y un aplique de cristal ámbar. Un pórtico de hormigón visto, pilar y viga con la huella del encofrado, marca el paso al salón.
El salón termina en un ventanal de pared a pared con visillo de lino. Una puerta de cristal sale a la terraza: ladrillo rojo, barandilla blanca y, enfrente, las cornisas y los balcones de forja de una calle del barrio. El sol de mediodía entra de frente.
De vuelta al interior, el pasillo lleva al dormitorio principal: cuatro hojas de ventana a la calle, un armario de suelo a techo en tono arena y dos lámparas colgantes a los lados de la cama. Junto a él, un baño revestido en piedra gris con ducha a ras de suelo y rociador en el techo.
Los otros dos dormitorios dan a un patio interior, con ventana de dos hojas, armario empotrado y una línea de luz indirecta sobre el cabecero. Entre ellos, el segundo baño: lavabo integrado en un mueble de roble, inodoro suspendido y espejo con marco de madera.
El recorrido deshace el camino: pasillo, comedor con los tulipanes sobre el travertino, la cocina de roble y la puerta de entrada, blanca, al fondo.
Ciento dos metros construidos en la cuarta planta de un edificio de ladrillo de 1963, con la zona de día orientada al sur. La reforma es integral y la casa está a estrenar. El salón es una pieza larga que acaba en un ventanal de lado a lado, vestido con un visillo de lino: a mediodía el sol llega hasta la alfombra y el suelo, un porcelánico de gran formato en tono piedra clara, lo devuelve hacia el techo. Una línea de luz cálida recorre el perímetro del techo y toma el relevo al caer la tarde.
En las fotos la casa aparece amueblada como puesta en escena: un sofá en ele tapizado en crudo bajo un lienzo de empastes blancos, una mesa de centro de madera curvada, un aparador bajo de roble a lo largo de la pared contraria y una butaca de nogal con asiento de cuerda trenzada. Sirve para leer las medidas. Cabe un sofá grande, cabe un aparador largo enfrente, y entre ambos se sigue pasando con holgura hacia el comedor.



La reforma encontró la estructura del edificio y decidió no taparla. Un pilar y una viga de hormigón, con la textura de las tablas del encofrado, forman un pórtico entre el salón y el comedor; la luz indirecta del techo pasa rasante sobre la viga y la dibuja. Es el único gesto rudo en una casa de paredes lisas en blanco roto, y el que le da carácter.
A este lado del pórtico están el comedor y la cocina, abierta. Frentes de roble con la veta vertical, tiradores metálicos solo en las columnas, encimera clara y un aplacado de piedra gris que sube por la pared y baja por el costado de la península. Horno y microondas en columna, placa de inducción, campana enrasada en el techo y dos baldas de roble en lugar de muebles altos. En el muro de enfrente, un nicho con banco tapizado y un aplique de cristal ámbar hace de rincón de lectura junto a la mesa.




El dormitorio principal da a la calle por una ventana de cuatro hojas, con las fachadas de piedra de enfrente y las ramas de los árboles al otro lado del cristal. Un zócalo pintado a media altura recorre la pared del cabecero; sobre él cuelgan dos lámparas de globo, una a cada lado de la cama. El armario, de cuatro hojas lisas en tono arena, va de suelo a techo y ocupa la pared de entrada.
Los otros dos dormitorios se abren a un patio interior, lejos del ruido de la calle. Ventana de dos hojas con persiana, radiador bajo el alféizar, armario empotrado de hojas lisas y una línea de luz indirecta en el techo, sobre el cabecero. En uno de ellos se ve un equipo de aire acondicionado sobre la puerta; en el salón y en el principal, las rejillas de la climatización por conductos. Todos admiten cama de matrimonio.



Salón con comedor y cocina abierta, tres dormitorios, dos baños con ducha y terraza.
La zona de día y la terraza miran al sur. El principal da a la calle; los otros dos dormitorios, a patio.
Finca de ladrillo visto en buen estado. La vivienda, con reforma integral, está a estrenar.
IBI de 760 € al año. Precio de venta: 1.289.000 €.
El barrio de Salamanca es el ensanche de Madrid: una cuadrícula de calles rectas y arboladas entre la Castellana y el Retiro, con Serrano, Velázquez, Goya y Ortega y Gasset como ejes. Las líneas 2, 4, 5 y 9 del metro lo cruzan, el mercado de la Paz sigue abierto en la calle Ayala y el parque queda en su borde sur. Desde la terraza se ve lo que lo distingue: fincas de cornisa y balcón de forja a la altura de los ojos.
Lo que se compra aquí es una reforma terminada en un edificio de 1963 con conserje: cocina, baños, suelos y acabados nuevos, sin obra por delante. Una casa para una familia con uno o dos hijos, o para una pareja que quiera un despacho y un cuarto de invitados, con el sol del sur en el salón y una mesa fuera para desayunar. El mobiliario de las fotos es una puesta en escena; qué se queda en la casa se concreta en la visita.
